El pincel finísimo de Manuel Fons. Una miscelánea… ¿caótica?
Augusto Monterroso señalaba ese desdén con que las obras misceláneas —mezclas de géneros como el ensayo o el cuento, o bien, de textos sin un centro en común— eran habitualmente recibidas: “Puede suceder que a algunos críticos ese libro [misceláneo] le parezca carente de unidad ya no sólo temática sino de género y que hasta señalen esto como un defecto”. Monterroso cuestionaba que una conversación tuviera que sostener por horas “el mismo tema, la misma forma o la misma intención”. ¿No sería aburrido o, cuando menos, fatigoso por repetitivo? ¿Por qué un libro, que no es más que una suerte de conversación, tiene que ceñirse a una unidad, ya sea temática o genérica? El reclamo de Monterroso no ha perdido vigencia. Los libros misceláneos, pese a contar ya con una amplia tradición literaria (¡y libertaria!), suelen verse con cierta desconfianza. Se les tiene por dispersos o discontinuos, lo que presupone ya un...







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