Escribo para arder sin consumirme. Entrevista con Roberto Acuña.*
I El poema es un diálogo Deshuesadero (2026) es, probablemente, el libro más íntimo de Roberto Acuña. Aborda una tragedia personal: el deceso de un ser querido y el luto que acompaña la pérdida. Pero aunque se trata de un asunto desgarrador, nunca pierde de vista que la literatura —y en especial la poesía— es un acto de creación, y no solo un “desahogo”. Si el poema reclama autenticidad emocional, exige aún más elaboración estética. El autor lo sabe. En Deshuesadero se advierte la búsqueda de un lenguaje, una conversación con su propia escritura, así como un diálogo con sus poetas dilectos. Los epígrafes son la antesala de una suerte de velatorio, un cuarto lúgubre iluminado por la palabra. Por una parte, unos versos de Óscar Hahn dedicados a la muerte de su madre; por otra, un fragmento de El turno del aullante de Max Rojas que describe una caída inevitable, como un símbolo de una vida en decadencia. Dichos epígrafes funcionan como detonadores de un ambiente, como...


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