Escribo para arder sin consumirme. Entrevista con Roberto Acuña.*
I
El poema es un diálogo
Deshuesadero (2026) es, probablemente, el libro más
íntimo de Roberto Acuña. Aborda una tragedia personal: el deceso de un ser
querido y el luto que acompaña la pérdida. Pero aunque se trata de un asunto desgarrador,
nunca pierde de vista que la literatura —y en especial la poesía— es un acto de
creación, y no solo un “desahogo”. Si el poema reclama autenticidad emocional, exige
aún más elaboración estética. El autor lo sabe. En Deshuesadero se
advierte la búsqueda de un lenguaje, una conversación con su propia escritura, así
como un diálogo con sus poetas dilectos. Los epígrafes son la antesala de una
suerte de velatorio, un cuarto lúgubre iluminado por la palabra. Por una parte,
unos versos de Óscar Hahn dedicados a la muerte de su madre; por otra, un
fragmento de El turno del aullante de Max Rojas que describe una caída
inevitable, como un símbolo de una vida en decadencia.
Dichos epígrafes funcionan como
detonadores de un ambiente, como indicios del camino que tomará el libro. Pero
también permiten entrever algunos modelos, influencias e inspiraciones. Ninguna
mención es gratuita. No es casual que el primer poema esté dedicado a Dylan
Thomas, a quien cuestiona como quien busca un consuelo. “No entres dócilmente
en esa buena noche”, dice el poeta británico en una de sus composiciones más
conocidas. Roberto, como si se adentrase en aquella noche, interpela a Dylan
Thomas:
Nadie ruge en
la pura sombra Dylan Thomas
nadie ruge sin
esperar herir
sin salir
lastimado
El rugido
requiere de otra soledad
una piel más
ancha y dura
para contener
los dientes y la agonía.
“El
rugido”, efectivamente, “requiere de otra soledad”, porque una cosa es el
lamento humano que todos hemos sentido ante una tragedia, y otra cosa es hacer
del duelo una experiencia estética capaz de trascender la esfera de lo individual.
La poesía convierte el malestar de una persona en un malestar universal cuando
es capaz de compartir una emoción. Deshuesadero lo consigue porque nos
recuerda la fragilidad que nos acompaña ante una pérdida. Y nos recuerda
también que la literatura siempre ha sido una de las herramientas más audaces
para narrar el dolor: Óscar Hahn, Max Rojas, Dylan Thomas encuadran un mismo
paisaje; son puntos de partida de una escritura que indaga en la herida. La
poesía de Roberto Acuña es rica en alusiones, ecos y evocaciones literarias.
Una poesía que dialoga con la poesía misma.
H.B. ¿Qué otras tradiciones poéticas, autores o libros específicos acompañaron la escritura de Deshuesadero?
R.A. Es muy difícil
hablar de tradición cuando uno escribe, porque si bien todos los escritores nos
formamos bajo el manto de la tradición, a la hora de escribir ésta surge de
manera inconsciente. Obviamente al releer el poemario reconozco a Vallejo o a
Rilke, además de las ya mencionadas por ti, Hiram, pero también la tradición
oral, aquellas historias o leyendas sobre la muerte están presentes en mi obra,
la Danza de la Muerte medieval gira no sólo en el poema “La giganta”, creo que
estructura gran parte de mi libro; también, sólo por señalar algo que quizá es
obvio, la tradición judeocristiana y sus mitos también estuvieron muy presentes.
La maestra Lorena García, docente de
la UNAM, en la FES Acatlán, me dijo que los Contemporáneos también son una
constante, no lo puedo negar. Villaurrutia es un poeta tutelar para mí,
Bernardo Ortiz de Montellano en su Segundo sueño hace referencia al
quirófano y a la anestesia, seguramente su obra está presente en mi poemario,
comparto también su miedo. Seguramente hay muchos más, pero no quiero destripar
el libro. Hay otros autores o tradiciones que están allí y que ni siquiera
puedo distinguir porque los he hecho tan a mí que me resultan indistinguibles
de mi propia escritura, quizá alguien interesado pueda encontrarlos, muchos ni
siquiera son poetas, a veces ni escritores. Un artista se nutre de la vida y
del arte en general, yo creo que necesito alimentarme más del silencio porque
no sé cuándo debo callar.
II
Toser la herida: el cuerpo como poética
Hay poemas que se cantan. Hay otros que en su afán de
protesta solo pueden gritarse. Se vuelven alaridos, soflamas y, en el peor de
los casos, eructos. También hay poemas que se lloran. Hay otros, sin embargo,
que se tosen, que buscan expulsar el malestar que aqueja el cuerpo:
Toso la primera
letra del universo
del abecedario
infinito
que me habitó y
laceró entero
toso el primer
berrido
que me dio un
cuartucho
en el hotel
desierto de la divinidad.
En Deshuesadero hay algunos poemas que tienen una respiración larga, casi torrencial, pero al mismo tiempo entrecortada, precisamente como si una tos los interrumpiera. El duelo no solamente es el núcleo temático, también se cuela en una suerte de ritmo que sugiere una especie de enfermedad en la escritura. Un ritmo que escoce la garganta. No se trata de un defecto o de una tara del libro; al contrario: es una estrategia controlada —y deliberada— que contribuye a generar una sensación de orfandad y desolación, como quien escuchara los heraldos negros en una sala de hospital.
H.B. ¿Cómo fue tu proceso de trabajo y corrección con los versos de este libro?
R.A. Preguntas asuntos muy complejos, a veces pienso que el poeta es como el burro que toca la flauta, pero de tanto tocar aprende algo, el oficio al menos, no la virtud. Fue largo el proceso de trabajo, porque primero debí dejar que el dolor me habitara de manera distinta, que dejara de golpearme, que se fuera amansando a mi cuerpo, tocándolo sin destruirlo. Uno no puede escribir con la excitación, con la mente nublada por los sentimientos. Decía Reyes que escribir es como templar un cuchillo, el filo debe de estar frío. Lo mismo decía Rilke a su modo, y un montón de escritores más dicen algo parecido. Tampoco se escribe en el presente. La poesía siempre es nostalgia de algo, de un deseo imposible de satisfacer. Cuando hay que llorar, hay que llorar, para qué tocar la palabra cuando nos estamos vaciando. La poesía debe de llenar ese vacío que vendrá.
El vacío llegó cuando me descubrí en la orfandad, cuando necesitaba,
ahora sí, conversar con mis muertos, que llegaran a acariciar la ancha soledad.
Entonces fueron saliendo los poemas, poco a poco, una conversación cada día o
cada semana. Una pregunta que no se resolvería sin la ayuda de la ficción, de
levantar un simulacro de realidad que me permitiera vivir de otro modo el
dolor, pero que no dejara de dolerme, porque habitarlo era parte del juego, así
me lo exigía este libro.
La corrección es pesada, pero es una obsesión. Uno tiene que dejar descansar lo que escribe, después volver a ello, leer en voz alta, habitar como si fuese un avatar esos yo líricos de los poemas, buscar esa verdad que sólo el ritmo de la escritura revela. A veces deshacía todo lo que había escrito y perdía un poema, pero ganaba paz. Otras veces aumentaba versos o los quitaba. Cambiaba palabras. El ritmo era lo más importante, sin éste no somos escritores. Es una especie de columna vertebral que sostiene al poemario, si una vértebra no está en su lugar se nos cae el cuerpo y sería, literalmente, un deshuesadero. Me llevó mucho tiempo, un año, quizá más, terminarlo, pero el libro se gestó antes, me sentía incómodo de no poder interpretar lo que sentía por la muerte de mi tío Jorge, necesitaba sentir y estaba bloqueado. A veces leo algún poema y quisiera corregirlo, pero ya es como es y ni modo.
H.B. ¿Su elaboración supuso una diferencia con respecto a tus libros anteriores?
R.A. Todos los libros son diferentes, por tanto, también su
elaboración. Hay constantes como el tiempo, nunca me apresuro a escribir. Cada
libro te exige una estructura y un ritmo. Son los poemas los verdaderos
dictadores. Yo obedezco la mayoría de las veces, no todas, soy tan sumiso,
sobre todo cuando sonrío mientras escribo. El que sufre al escribir debería
dejarlo. La escritura no debería de ser un espacio de tortura. Debemos jugar
con las palabras, columpiarnos en ellas. Lo cierto es que la mayoría de las veces
lo que estoy leyendo va impulsando el libro, a veces hasta temáticamente. Creo
que si no leyera no podría escribir, soy hombre de pocas ideas.
También es
diferente porque no siempre se me muere un ser querido –espero no tener que
escribir muchos libros así-. Tarde en
recordar, mi primer libro, tiene mucho que ver con éste; ése habla de la
muerte de mi padre, lo creería más personal incluso que Deshuesadero. Aunque, ¿no es personal la literatura? ¿Si no nos
toca a nosotros, cómo podemos pedir que toque a un lector hipotético? También
soy más viejo, el acercamiento que tengo hacia la muerte cada vez es más
íntimo, antes no podía dialogar con ella, ahora empiezo a entender su baile, su
ritmo en mi cuerpo y en mis palabras. También cada libro responde a mi edad. A los
veinte años seguramente hubiera sido otro el acercamiento. Quizá es una de las
diferencias más marcadas en mis obras, mi propia edad, mi cuerpo, mi manera de
experimentar el mundo delimitan mis
palabras, moldean mi propia escritura poética.
III
El poema como sutura
En Sobre el duelo, un ensayo en el que Chimamanda
Ngozi Adiche reflexiona sobre la muerte de su padre, señala que “No sabemos
cómo viviremos el dolor hasta que la pena nos alcanza”. Aunque parece una
verdad de Perogrullo, lo cierto es que el duelo nos enseña la rabia, nos hace
rugir, nos confirma, como apunta Ngozi, “lo insustancial que puede resultar un
pésame” en tales circunstancias. Pero también nos brinda un aprendizaje: tras
la pérdida “Aprendemos lo mucho que tiene que ver la pena con el lenguaje, con
la incapacidad del lenguaje y con la necesidad del lenguaje”.
La palabra
tiene un poder curativo. Es conjuro, paliativo; es la cicatriz y la
sutura.
H.B. Después de escribir este libro atravesado por la pérdida y el desgaste, ¿qué aprendizajes o efectos personales dejó en ti el proceso de escritura?
R.A. Tú mismo diste la respuesta, ahora pienso que lo que diga
será intrascendente. La escritura no es un placebo, no es un paliativo, no es
algo con lo que engañamos a la mente o al cuerpo. Lo que sentimos tiene un
lenguaje y con ese lenguaje muchas veces terminamos lastimados. Hay un discurso
que armamos para dolernos, para matarnos, muchas veces construimos ese
laberinto de una manera tan precisa, tan hiriente que terminamos enterrados
dentro de él. El ansioso sin los tiempos verbales del futuro estaría desnudo,
no existiría.
Pues bien,
la poesía también construye un discurso que a mí me sana del dolor, de la
angustia, de la soledad. Le da sentido muchas veces a mi vida, me ayuda a
habitar este mundo de una manera intensa y alegre, aun en el silencio y en la
calma, aun en los momentos más tristes de mi vida. Mi poesía trata de crear un
discurso de armonía, aun en el dolor y en la derrota, aun en el grito y en la
desesperanza. Busco un ritmo que me permita estar en armonía conmigo mismo y
con el mundo, con lo que puedo tocar y con lo que sólo puedo presentir.
Antes
pensaba que el poeta sólo hablaba desde el sufrimiento o desde el vacío. Cada
vez pienso que el vacío es un discurso más. Yo escribo para ser feliz, para
salir del miedo, para entender mi fragilidad y arroparla. Escribir Deshuesadero me permite amar a mi tío
Jorge y a mi padre en esta nueva forma de presencia surgida a partir de su
muerte. Escribo para arder sin consumirme, para describir las mil y un formas
de mi flama, ya la muerte se encargará de juntar mis cenizas y armonizar mi
silencio.
IV
Escribir en la desgarradura
Vivian Gornick, una de las escritoras contemporáneas que más
ha acudido a su propia vida para hacer literatura, nos previene de las
limitaciones, y las trampas, que conlleva una escritura centrada en uno mismo.
“No escribas sobre tus sentimientos”, nos advierte, “usa tus sentimientos para
escribir”. Me parece que Deshuesadero
es un excelente ejemplo para ahondar en aquella afirmación, porque
comprueba que la poesía no es solo sentimiento, y no obstante lo dicho, el
libro de Roberto Acuña también es una réplica a la premisa de Gornick, pues
demuestra que solo al escribir sobre nuestros sentimientos podemos alcanzar
genuinamente al lector. Lograr el equilibrio nunca es sencillo y en este
sentido la última pregunta es necesaria, más aún cuando estamos ante un público
joven que, seguramente, querrá acudir a sus propias experiencias para hacer
literatura.
H.B. ¿Qué recomendaciones o consejos le brindarías a un joven escritor que busca la inspiración en alguna experiencia de su vida?
R.A. Primero que viva
esas experiencias, que no las corte por escribir algo que aún no está cocido,
que se deje atravesar por aquello que lo haga sentirse. Es necesario que vibre
para disfrutar la vida, incluso en los momentos de dolor y tristeza. Después
que escriba, que no piense en la fama, que no piense en los libros, en las
lecturas con público; que escriba para conocerse y conocer el mundo, para
reconocerse y desconocerse. Que lea mucho, si no, no adquirirá el vocabulario,
las estructuras, los distintos ritmos de nuestro oficio.
Si es escritor, no podrá vivir sin
escribir, y estos consejos estarán de más, pero que la soberbia y que cualquier
sentimiento que lo aleje de la escritura no signen su oficio, porque entonces
no será la literatura lo prioritario y puede llegar a frustrarse, a ser infeliz.
Después que muestre lo que escribe, porque no es uno quien hace al escritor, es
el lector quien decide si somos o no somos escritores. La literatura, como todo
el arte, empieza en el artista, pero no termina en él, sino en la sociedad quien
ve en su obra su propio reflejo. Es el otro quien decidirá si somos o no
artistas, pero no es el otro quien orienta nuestro destino, sólo nosotros
decidimos cómo pasar el breve tiempo que tenemos en este mundo. Yo decido
buscar la felicidad y ésta es mi manera de hacerlo. Si el joven escritor es
feliz escribiendo, mi recomendación es que no deje de hacerlo y consiga un
trabajo que le permita seguir en el oficio.
"Los caballos pálidos de la muerte", III, IV, V.
Lectura a cargo del autor.
*Una primera versión de esta entrevista se realizó durante la presentación del libro Deshuesadero, en la Sala Auditorio 1 del Centro de Información y Documentación (CID) de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, UNAM, el 19 de mayo de 2026.
Para adquirir el libro:
https://www.medusaeditores.com/product-page/deshuesadero
Roberto Javier Acuña Gutiérrez (Ciudad de México, 1981). Es escritor, tallerista, profesor universitario en las carreras de Comunicación y Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Entre sus publicaciones se encuentran: Tarde en recordar (UANL, 2017), Los ojos negros de la noche (Surdavoz, 2019), Regusto a diablo (2020 Y 2022, Tintanueva), Calaverio (2020, Cómics poéticos), El infierno es con nosotros (2020, Mantra), Fosa común (miCielo ediciones, 2022), Lenguas del agua (2022, FOEM), Deshuesadero (2026, Medusa). Ha obtenido algunos reconocimientos y premios en cuento, ensayo, poesía y crónica. Ha colaborado en diversas antologías en España, Ecuador, China, Perú, Estados Unidos, etc., y ha sido invitado a diversos festivales literarios nacionales e internacionales como el Festival Internacional del Libro Ciudad de Nueva York o el Festival Internacional de Poesía Joven celebrado en China en 2025. Ha sido jurado en distintos festivales literarios como el Ileana Espinel Cedeño en Ecuador, ha participado como curador en el Festival Internacional de Cine EL CECEHACHERO…, formó parte por algunos años del comité editorial de CONECULTA Chiapas. Algunos de sus libros forman parte del acervo del Museo de Literatura Moderna China en Beijing. Parte de su obra ha sido traducida a algunos idiomas como el chino o el portugués.




Comentarios
Publicar un comentario