El pincel finísimo de Manuel Fons. Una miscelánea… ¿caótica?

 




Augusto Monterroso señalaba ese desdén con que las obras misceláneas —mezclas de géneros como el ensayo o el cuento, o bien, de textos sin un centro en común— eran habitualmente recibidas: “Puede suceder que a algunos críticos ese libro [misceláneo] le parezca carente de unidad ya no sólo temática sino de género y que hasta señalen esto como un defecto”. Monterroso cuestionaba que una conversación tuviera que sostener por horas “el mismo tema, la misma forma o la misma intención”. ¿No sería aburrido o, cuando menos, fatigoso por repetitivo? ¿Por qué un libro, que no es más que una suerte de conversación, tiene que ceñirse a una unidad, ya sea temática o genérica?  

            El reclamo de Monterroso no ha perdido vigencia. Los libros misceláneos, pese a contar ya con una amplia tradición literaria (¡y libertaria!), suelen verse con cierta desconfianza. Se les tiene por dispersos o discontinuos, lo que presupone ya un gran defecto. Y es que la dichosa “unidad” se ha vuelto un imperativo.  Una cuota del mercado y sus tendencias simplificadoras o propensas a la estandarización, pero también un mandato de no pocas instituciones encargadas de promover el libro. Basta con asomarse a las convocatorias de los certámenes literarios, que se lanzan por género, o con cotejar los últimos ganadores en los premios literarios de categorías como cuento o ensayo, donde se privilegian los títulos que giran en torno a una problemática muy delimitada (el caso del ensayo es particularmente sintomático, pues ciertos libros laureados, en lugar de ensayos, parecen tesis de grado o investigaciones académicas).

            La miscelánea, sin embargo, no tiene por qué ser caótica, mucho menos un “defecto” como cierta crítica prejuiciosa creería. Supone un ejercicio de liberación creativa, de experimentación con las formas, pero también de cuestionamiento del establishment, de inversión de valores estéticos. La relajación y el divertimento (el “relajo”, dirían algunos), tan necesarios a toda expresión artística, suelen ser su sino. Para muestra un botón: Genios que pintan moscas hiperrealistas con un pincel finísimo de pelo de camello (Eutropia Ediciones, 2024)  de Manuel Fons.

Se trata de un libro rebelde, incluso salvaje en algunos momentos. Reúne más de sesenta textos: cuentos, microrrelatos, viñetas, aforismos, poemas visuales y prosas experimentales de difícil catalogación. Un epígrafe inicial extraído de “El idioma analítico de John Wilkins” de Jorge Luis Borges nos recibe: “[…] no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”.

Este pórtico adelanta y en cierta medida justifica las parcelas que dividen los  paisajes de esta obra. “Psicópatas”, “Animales”, “Películas”, “Genios”, “Palabras” o “Delirios” son algunos de los segmentos que agrupan el arbitrio con el que su autor nos introduce a su mundo. Este bestiario de nuestra actualidad es un breviario de patologías, una enciclopedia de nuestras adicciones individuales y contradicciones como sociedad. Y es un breviario porque, si hay un signo en común, un hilo conductor que va tejiendo el discurso, es la brevedad. Los textos son en su mayoría cortos, y no pocos de estos son una lección magistral de concisión:

 

101. Animales que llevan la haraganería a otro nivel.

Era un gato tan haragán que cuando agotó sus siete vidas, en lugar de caminar hacia la luz, al final del túnel, se enroscó a esperar el tren durante el resto de la eternidad.

 

Otro de los hilos conductores se halla en los registros humorísticos. La parodia, la ironía y el chiste no son ajenos a este volumen. La impronta de Monterroso, de su dinosaurio, no podía quedar fuera en un libro misceláneo lleno de referencias y alusiones a la literatura y el arte:

 

199. Animales célebres avasallados por las leyes de la física.

Cuando el universo colapsó, el dinosaurio ya no estaba ahí.

 

     No todos los textos se mueven en los terrenos de la brevedad extrema, pero en todos hay un afán sintetizador, una pulsión por el flashazo, el relámpago de lucidez o la bofetada de sentido. La mayoría de los cuentos, por ejemplo, desarrollan su trama en dos o tres cuartillas. Y en estos también se advierte el deseo de trasgresión genérica. Formatos como el de la reseña, la nota informativa o la entrevista sirven de base para narrar un dilema o presentar una mirada sui géneris. El narrador de estos textos es siempre un inquisidor de las formas.




            Uno de los aciertos de este libro, a mi parecer, es esa mirada que se vuelca hacia el detalle. Nada parece gratuito. Desde los títulos, muchos de ellos paródicos o sarcásticos por su extensión inusual, hasta la puntuación, el aprovechamiento de los espacios en blanco o incluso de la tipografía, hay una constante carga de sentido. Cada minucia agrega algo, cada pormenor ofrece un toque de gracia.

Los textos más experimentales son de hecho un reto lector que invita a jugar con el libro como si este fuera un artefacto verbal.  Sonetos binarios hechos por una supuesta IA, caligramas que dibujan rostros con la palabra, cuentos cifrados que exigen una participación del lector como una suerte de detective: el libro es, como se dice coloquialmente, un estuche de monerías. Fons demuestra que todo cabe en una miscelánea sabiéndolo acomodar.




      Este rasgo experimental es una de las líneas de exploración literaria que mejor ha sabido aprovechar Manuel Fons. Uno de sus libros previos, Gedankenexperiment (Paraíso Perdido, 2017), es un claro ejemplo. Se trata de una colección de aforismos, prosas poéticas y disruptivas e ilustraciones hechas por el autor que dialogan entre sí con una intención muy marcada: romper moldes, establecer distancias, cuestionar valores literarios y, en suma, marcar una diferencia. Una de las preguntas que arroja en dicho título me parece fundamental para entender el proyecto que defiende Fons: “¿Y si todos los artistas se subordinaran al mercado?”




      Genios que pintan moscas hiperrealistas con un pincel finísimo de pelo de camello es, de muchas formas, una respuesta a dicha interrogante. La propuesta de Fons puede leerse como un manifiesto contra los dictados del mercado, una réplica a las tendencias unificadoras que pueblan las mesas de novedades. Un libro diferente, punzante, provocador, que rinde homenaje a los rebeldes que no se contentaron con los géneros establecidos (Torri, Arreola, Monterroso), pero que conversa también con las experimentaciones verbales del Oulipo (Perec sonríe con disimulo tras bambalinas).

        Un libro hecho de libros que inventa otros libros. Monterroso se sentiría complacido (y halagado) al leer esta miscelánea, para nada caótica. Borges también, y seguramente leería con aprobación algún cuento, acaso porque reconocería en él su propia voz, aunque este último, probablemente, no lo aceptaría (¿la práctica deficiente le importaba menos que la sana teoría?). Cuestión de vanidades (y de nostalgias).

 

*Manuel Fons. Genios que pintan moscas hiperrealistas con un pincel finísimo de pelo de camello. Guadalajara: Eutropia Ediciones, 2024, 186 pp.

 

 

Manuel Fons (Guadalajara, México, 1982). Ha sido bibliotecario, periodista  cultural y profesor de escritura creativa y pintura experimental. Es master en Literatura Española por la Universidad de Córdoba (UCO) y ha realizado estudios de doctorado en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en la Universidad Eötvös Loránd de Budapest (ELTE).  Es autor, entre otros, de los libros Manuscrito hallado en un manuscrito  (CECA, 2009), Gedankenexperiment (Paraíso Perdido, 2017) y El insulto como una de las bellas artes (Paraíso Perdido, 2018)

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